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Armamento de infantería

Los soldados de infantería de línea la época de la Guerra de Independencia estaban equipados con fusiles, mosquetes de los denominados de chispa. Eran armas de un disparo y de avancarga, es decir, armas que cargaban proyectil y pólvora impulsora por la misma boca por la que saldría posteriormente la mencionada bala.

Los modelos de fusil más corrientes de la época son los denominados modelo 1801 y 1807, persistiendo todavía modelos más antiguos y menos comunes, de los tipos llamados de 1755 o 1789. Las tropas españolas usarían también, a lo largo de la guerra grandes cantidades de mosquetes “Charleville” franceses capturados y “Brown Bess”, suministrados por los aliados ingleses, y, en menor cantidad, armas prusianas.

El fusil se complementa con un accesorio llamado ”bayoneta”, una hoja de dos o más filos, de longitud variable, que se coloca alrededor de la boca, transformando el arma en una especie de pica.

El arma reglamentaria de los oficiales era la espadas que, según reglamento, tenían longitudes algo más cortas y menos pesadas que las usadas por la caballería. No obstante, se generalizó el uso no reglamentario del sable. Otra arma habitual de los oficiales es la pistola, de modelos varios, pero todos de la misma tecnología “de chispa” descrita.

Otros miembros de la infantería como los granaderos, sargentos y músicos, usaban sables cortos.

Tecnología de chispa

Consiste en sistema de muelles y resortes denominado “llave” y que se encuentra junto al cañón del arma. Este mecanismo tiene una piedra de pedernal tallada sujeta a una pieza de metal, llamada “perrillo”, tensada por un muelle. Al apretar el gatillo, el perrillo se libera, llevando la piedra hacia adelante hasta golpear sobre en una pieza móvil de acero llamada “rastrillo”. Este impacto produce dos acciones: por un lado, el arrastre del pedernal sobre el acero del rastrillo produce una serie de chispas; por otro, el impacto mueve el rastrillo hacia atrás, dejando al descubierto un depósito llamado “cazoleta”, al que se añadió previamente una pequeña cantidad de pólvora, y sobre la que caen las chispas. La ignición de la pólvora producida por esas chispas se transmite a la recámara del arma por un agujero practicado en el tubo del cañón, llamado “oído”, donde le espera la carga de pólvora que impulsará la bala.

El proceso de carga era laborioso y delicado:

  • Se colocaba el arma en horizontal, sujetada en equilibrio con la mano izquierda.
  • Con la mano derecha, se sacaba un cartucho de la cartuchera, situada en el costado derecho del soldado.
  • El cartucho se llevaba a la boca, donde se mordía por la parte superior, tratando de que la bala que iba dentro quedara entre los dientes.
  • Se levantaba el perrillo hasta dejar la cazoleta abierta.
  • Se colocaba una pequeña cantidad de pólvora del cartucho en la cazoleta.
  • Se cerraba la cazoleta.
  • Se ponía el arma en vertical.
  • Se vertía el resto de la pólvora en el cañón.
  • Se escupía la bala, que permanecía en la boca, dentro del cañón.
  • Se hacía una bola con el papel que servía de envoltorio al cartucho y se introducía en el cañón.
  • Se sacaba la baqueta, un larguero de metal que se haya debajo del cañón.
  • Se introducía la baqueta en el cañón y se atacaba, es decir, se apretaba pólvora, bala y papel contra la recámara.
  • Se sacaba la baqueta.
  • Se recolocaba la baqueta en su lugar bajo el cañón.
  • Se colocaba el arma en posición de tercien, a la espera de orden de fuego.
Quince eternos pasos mientras el enemigo avanza hacia el soldado…

 

En este vídeo, los compañeros de la Asociación Teodoro Reding, de Málaga, nos muestran cómo cargar un mosquete de avancarga y dispararlo a una alta cadencia. Unos profesionales: http://teodororeding.es/

La precisión de estas armas dejaba mucho que desear, principalmente porque eran armas de ánima sin rayar, tecnología que empezaba a llegar a los campos de batalla napoleónicos, pero que estaba lejos de generalizarse. El ánima lisa no imprimía a la bala el giro necesario para producir una trayectoria tensa de la bala.

Además, las balas solían ser ligeramente más pequeñas que el cañón que las disparaba para facilitar el complicado proceso de carga. Esa mínima diferencia de tamaño hacía que parte de los gases impulsores de la pólvora encendida se perdieran alrededor del proyectil, y que éste fuera “botando” dentro del cañón.

Todo esto daba como resultado la mencionada baja precisión y un alcance ridículo para las distancias de fuego actuales: Rara vez se hacía fuego mas allá de setenta pasos.

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