Memorias de un fusilado
Era por la mañana, y me barruntaba que sería un día importante. Los ánimos en los últimos días habían estado exaltados, y se notaba la tensión en el ambiente. Desperté pronto y preparé la ropa. Salí a la calle, una de esas de mi Madrid del alma. Soy, como es habitual por aquí, una mezcla de lugares, de madre charra y padre oriundo.
Pronto me puse en marcha, pero mi medio de transporte falló. La burra, a medio camino, dijo que necesitaba un descanso, lo que me retrasó indebidamente. Cuando llegué a mi destino, me encontré con paisanos de Madrid, cada uno de profesión distinta y padres igual de buenos. Eran chisperos, manolos y majos, que admiraban a esos militares nuestros que tantas glorias nos habían dado y tantas estaban por darnos. Si yo hubiese sabido lo que iba a acontecer, he de reconocer que no sé si hubiese vuelto a mi casa, hubiese agradecido a mi burra haberse retrasado un poco más o qué, sobre todo a favor de mi esposa y mi hermano.
El ambiente era extraño, nuestros militares querían poner cordura, aunque “órdenes son órdenes”, y las tenían de no moverse. Así las cosas, llegó un tumulto entre gritos, adiviné a descifrar que venían de Palacio… “Los gabachos matan al pueblo de Madrid”, “se están llevando a nuestros reyes, los tienen presos”… Lo cierto es que el ejército Imperial llevaba un tiempo en Madrid, con su chulería. Algunos de ellos eran veteranos de las primeras campañas de Napoleón, pero la mayoría eran críos a los que les había venido dada la gloria de ese ejército invasor, sin ganársela ni merecérsela. Se creían, y a la postre, se sabían fuertes. Llevaban días bebiendo en tabernas sin pagar lo adeudado, tocando a nuestras mujeres, comiendo lo mejor que teníamos… Todo gracias a la inmunidad que algunas de nuestras autoridades, su número y formas de comportarse les habían otorgado.
Viendo a esa gente correr y huir, encargué a mi esposa, que se llevara a mi hermano a casa, prometiéndoles que sabría cuidar de mí mismo. Mi padre era cazador, por lo que estaba acostumbrado al manejo de armas, y también era de esos pocos que sabía leer y escribir. Siempre, de pequeño, me contó historias de nuestros caballeros, de cómo salvaban a damiselas y mataban al que atemorizaba al pueblo a través de su fuerza. Además con trece años, me enrolé en el ejército para luchar ya contra el francés, con grandes victorias en la Guerra de la Convención.
Sabía, al igual que muchos de los que estábamos ahí, que en el Parque de Monteleón había armas, que, aunque eran antiguas, nos defenderían mejor de esos hideputas que nuestras manos. Marchamos los hombres hacía allí, y así quedé con mi mujer. Le pedí que se alejase de calles principales, pues sabía que por ahí avanzarían las grandes columnas gabachas. Eso mismo hice con mis compañeros, ir por callejuelas, donde la artillería no es eficaz, los caballos tienen que ir al paso, y con la infantería se pueden tener discusiones acaloradas.
De camino, nos encontramos con un infante francés. Salía de la casa donde se hospedaba. Oyendo el tumulto, salió a juntarse con los suyos, pero nosotros lo impedimos. Los más valientes, cogimos lo que buenamente pudimos, en mi caso una manta que me enrosqué al brazo y nos abalanzamos sobre él. Con la bayoneta, hirió a uno de los nuestros, pero no le dio tiempo a más. Llevados por la ira, lo dejamos en carne viva, y peor hubiese sido si no hubiésemos visto una cuadrilla de unos treinta compañeros suyos que se acercaban a lo lejos.
Sabiéndole muerto y remuerto, decidimos parar y proseguir nuestro camino hacia el Parque.
Ya en la puerta, me encontré con mi hermano y mi esposa. Mi hermano Pepillo, tozudo como siempre, la había convencido para ir conmigo, ya que como decía nuestro padre, la familia que lucha unida, pervive unida. Qué gran hombre mi padre, pero lo bien que me hubiese venido que no le metiese en la cabeza esas ideas al pequeño de la familia.
Ya a las puertas, exaltados, comenzamos a gritar a los militares que estaban tras ellas que queríamos armas, que nos estaban masacrando y las necesitábamos para defendernos a nosotros y a nuestras familias. De los allí presentes, se podían ver pescaderas, costureras, verduleras, herradores, ancianos, niños, y como yo, labradores. Las mujeres no paraban de gritar, y al menos en apariencia, eran las que menos miedo tenían. Pero aún así, no paraban de pedir armas. Llegó un momento en que dos hombres y yo intentamos poner algo de cordura, intentando sofocar los ánimos, para entendernos mejor entre españoles que éramos, soldados y paisanos. Salió un Capitán de Artillería con cuatro soldados de escolta para intentar que nos marchásemos.
Llegó el Capitán Goicoechea, o al menos así se identificó con unos treinta hombres, todos ellos del Regimiento Voluntarios de Estado. Pasaron entre nosotros, habló con los dos Capitanes de Artillería que ya habían salido y se unió a nuestra demanda de repartir armas al pueblo de Madrid. En ese momento, una mujer, una costurera de belleza singular, sacó sus tijeras, y preguntó irónicamente si pretendían que con eso se defendiese de coraceros y bolas de cañón, cuando ni todos los ejércitos de Europa lo habían conseguido.
Esto debe ser que apiadó el alma del buen español, que tras un rato de seguir haciéndose el duro diciendo que tenían órdenes expresas de no intervenir, nos dejó pasar proveyéndonos de armas. Eran las armas de los franchutes que se encontraban presos dentro. Un cuerpo que se encontraba en el Parque, bien armado y con superioridad numérica a los españoles, para controlar a éstos. Los dos Capitanes de Artillería y otros oficiales, previamente, habían conseguido convencerles de que tal superioridad ya no existía, desarmándolos, y encerrándolos en las caballerizas.
Nos repartieron armas, y nos dijeron que quién sabía hacer uso de ellas. Yo naturalmente levanté la mano, y junto con los que así lo hicieron, nos pusieron con mujeres, niños y demás paisanos a enseñarles como cargar. Aún así, no hubo armas de fuego para todos, por lo que algunas mujeres, se dedicaron a llevar y traer cosas. Qué valientes nuestras mujeres, si no fuese por ellas, el ánimo hubiese caído mucho antes.
Dada la situación, una columna extranjera, llegó a la puerta del Parque, y nuestros oficiales, salieron a parlamentar. Los franceses pretendían que nos entregásemos, pero nosotros, sabíamos lo que ocurriría si eso era así, y no estábamos dispuestos. En éstas, aún no sé muy bien si por descuido o adrede, uno de nuestros cañones se disparó, teniéndose que recoger rápido los oficiales, y cerrando las puertas prestos a la defensa. Comenzó el fuego por una y otra parte, con un primer ataque que conseguimos repeler.
En ese momento, muchos creyeron conseguida la victoria, pero yo que ya me había enfrentado a esa calaña, sabía de su naturaleza y su tozudez. Además, sabía que no iban a admitir una derrota fácilmente, y más, conociendo la superioridad de la que disponían.
Luchamos ininterrumpidamente, que gran valor el de nuestros soldados, y como cargaban una y otra vez. En esas, un teniente exclamó: “¡Por Madrid, por España, por el Rey!” exaltando los ánimos, y haciéndonos conocedores de que nuestra entrega no caería en saco roto y sería recordada.
Eran más las bajas que causábamos que las propias, pero las nuestras dolían mucho más. Ellos, reponían como si no costara, mientras que nosotros, éramos los que éramos. Además, ya nos conocíamos, y hasta nos estimábamos como hermanos. Sentimiento fraternal, que ayudó a muchos, gravemente heridos, a mantenerse en pie. Sabiéndose muertos, lo que importaba era defender al hermano que tenías a tu lado, y se sabía que cuanto más se estuviese aún en pie, combatiendo y soltando fuego, más posibilidades tenía el de al lado de sobrevivir y hacer que uno viviese por siempre en los corazones madrileños.
Así perdí a mi mujer. Cayó de un disparo en el corazón que fue doblemente certero, pues desgarró el suyo, y el mío a la vez. Envalentándome, la cogí del suelo, y la llevé donde las monjas. Les pedí que hiciesen lo que pudieran por su vida, y que siendo ésta arrebatada del todo, rogasen al Señor por su alma. Confío en que así lo hicieran. Ya hacía poco a su lado, y me debía a la defensa de mi hermano Pepillo y el resto de mis recientes hermanos. Volví así a la lucha.
Repelimos nuevos ataques, y hubo un momento, en que el silencio volvió. Ahí me di cuenta de que no veía a Pepillo. Los franceses parecían haberse cansado, pero lo que hacían era preparar un ataque que acabase con nosotros. Lo busqué, hasta que una buena mujer, con el semblante desencajado y entre sollozos, me señaló hacia el suelo.
En ese momento, mi mundo se vino abajo definitivamente. Ahí estaba, muerto y abatido. Desgarrado, le lloré, pero los disparos y el olor a pólvora me hicieron volver a la realidad de los combates. Sólo pude recogerle del suelo y pedirle a una mujer que si yo no lo conseguía, ella le diese cristiana sepultura. No sé qué fue de la buena mujer, sólo espero que pudiese contarlo y cumplir su palabra.
Nos quedamos sin munición y la pólvora escaseaba. Tras unos cuántos ataques repelidos, y estando ya prácticamente derruidas las puertas, aprovechamos la última bola de cañón que quedaba y cargamos otro cañón con los que pudimos. Decidimos disparar el cañón contra ellas para utilizar las esquirlas como metralla y ya rotas las puertas, disparamos el otro con la metralla. Causamos grandes bajas, pero abrimos el camino a los franceses para su gran ataque. Entraron a degüello, y con los primeros que encontraron no tuvieron el menor de los miramientos. A mí me tuvieron que apresar entre más de cinco Imperiales, reduciéndome con un culatazo. Algunos de nosotros consiguieron huir, fueron los menos.
De repente, me condujeron junto a otras tres personas. Yo me resistí lo que pude, pues había participado previamente en combates y sabía de mi futuro. Sabiéndome muerto, decidí calmarme para evitar mayores represalias hacia los demás y buscando transmitir la serenidad que yo no tenía.
Ahí estábamos, atrapados entre un paredón y unos ocho soldados sonrientes. Así pues, prepararon sus armas, apuntaron y…
DIOS TENGA EN SU GLORIA A LOS QUE ALLÍ, Y EN OTROS LUGARES DE MADRID, AQUEL ACIAGO LUNES DOS DE MAYO DE 1808 PERECIERON POR DEFENDERSE A SÍ, A LOS SUYOS, Y A LOS HASTA ENTONCES AJENOS.
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